La Editorial Bruguera creó una escuela reconocible en el mundo del cómic español y constituyó una de las grandes escuelas del país junto a “la Valenciana” y TBO, aunque Bruguera acabó comprando TBO. El estilo de sus autores estaba a mitad camino entre lo infantil y la crítica satírica a la sociedad española del momento, en unos inicios, las historias no eran más que tramas cortas que se basaban en el desarrollo de un chiste, y aunque con el tiempo se fueron complicando y alargando las historias (siempre autoconclusivas), la estructura narrativa constaba comúnmente de un planteamiento donde el protagonista expresaba un objetivo o deseo y al fin acababa viendo frustrada su meta. Se utilizaba un lenguaje mojigato y paródico, con expresiones como “córcholis” o “zambomba” y el decorado era habitualmente urbano y minimalista, pues toda la atención iba dirigida a los personajes y sus expresiones, a menudo acentuándolas con onomatopeyas y símbolos.
La gran mayoría de los personajes de estas historias eran reflejos sarcásticos de las personas de la sociedad española, así pues, se pueden clasificar en 5 grupos:
– Vidas frustradas: personajes caracterizados por la frustración en sus vidas, pues nunca logran ver cumplidas sus aspiraciones. Don Pío (1947) o Doña Urraca (1948).

– Héroes imposibles: aunque cargados de buenas intenciones, sólo consiguen provocar catástrofes. Sus historias son en general parodias de otros géneros (policíaco, de espías, de superhéroes, etc.). Mortadelo y Filemón (1958) o Anacleto, agente secreto (1967).

– Felices e inconscientes: personajes que viven en su propio mundo, ajenos a las normas sociales. Rompetechos (1964) o La abuelita Paz (1969).

– La fraternidad sádica: un cuarto grupo lo constituyen los personajes de las series encuadradas en el ámbito familiar. Las relaciones dentro de las familias de Bruguera no suelen ser nada armónicas. Zipi y Zape (1948) o La familia Cebolleta (1951).

– Incompetencia personificada: personajes completamente incompetentes cuyos actos acaban en catástrofe. El caco Bonifacio (1957) o El botones Sacarino (1963).

Por último, cabe destacar que, aunque algunos cuadernos de aventuras editados por Bruguera fueron famosos e importantes, como El Capitán Trueno (1956), de Víctor Mora y Miguel Ambrosio (Ambrós), la mayor parte se la lleva el humor, dejando un gran legado de adaptaciones directas de sus obras y series con gran influencia de estas, como “Aquí no hay quien viva” con 13, Rue del Percebe o “Manos a la obra” con Pepe Gotera y Otilio.
